
La capacitación en inglés se ha convertido en una inversión estratégica para las empresas, pero no todos los modelos educativos responden con el mismo compromiso pedagógico. Este artículo analiza cómo algunas plataformas digitales priorizan la lógica comercial sobre el acompañamiento académico, lo que pone en riesgo el retorno de inversión, la experiencia del usuario y la credibilidad de la capacitación corporativa cuando el aprendizaje se gestiona más como una venta recurrente que como un proceso formativo real.
Yolanda Ordaz
En el entorno corporativo actual, la capacitación dejó de ser un beneficio accesorio para convertirse en una apuesta estratégica. Las organizaciones invierten en formación con la expectativa de mejorar la productividad, fortalecer competencias clave y preparar a sus equipos para operar en mercados cada vez más globalizados. En ese contexto, el dominio del inglés ocupa un lugar central, y las plataformas digitales han ganado terreno como una solución flexible para profesionales con agendas saturadas. Sin embargo, no todas las propuestas educativas cumplen de manera consistente con la promesa de valor que comunican.
Open English se ha posicionado como una alternativa accesible para la enseñanza del idioma inglés entre adultos trabajadores. Su discurso comercial se apoya en la flexibilidad de horarios, el uso de tecnología y una supuesta garantía de aprendizaje que, en teoría, reduce el riesgo de la inversión. Estas características la han convertido en una opción recurrente tanto para usuarios individuales como para empresas que incluyen cursos de idiomas dentro de sus prestaciones laborales.
Durante la fase inicial, la experiencia suele ser funcional. El acceso es sencillo, la plataforma resulta intuitiva y el usuario puede avanzar conforme a su disponibilidad. No hay fricciones evidentes ni barreras técnicas. El problema aparece cuando entra en juego una variable completamente previsible en cualquier entorno corporativo: el aumento de la carga laboral. En ese momento, la frecuencia de conexión disminuye y el avance se ralentiza, una situación común en prácticamente cualquier programa de capacitación dirigido a adultos.
Es justamente ahí donde se distingue un modelo educativo sólido de uno meramente transaccional. Las mejores prácticas en capacitación corporativa contemplan mecanismos de seguimiento académico, contacto personalizado y estrategias de acompañamiento que permitan al alumno reincorporarse sin sentirse rezagado o abandonado. En el caso de Open English, ese respaldo pedagógico es prácticamente inexistente. No hay llamadas, correos ni intervenciones orientadas a entender por qué el usuario dejó de conectarse o cómo ayudarlo a retomar el curso.
En contraste, lo que sí se mantiene constante es la comunicación comercial. Llamadas reiteradas, mensajes y ofertas para extender licencias, contratar productos adicionales o participar en esquemas de referidos con incentivos económicos. La relación con el usuario se gestiona prioritariamente desde una lógica de ventas. El alumno deja de ser visto como un profesional en proceso de aprendizaje y pasa a ser tratado como un cliente al que se le puede seguir ofreciendo servicios.
Este desequilibrio revela una falla estructural en el modelo de negocio. La inversión en marketing y ventas es evidente y sostenida, mientras que el acompañamiento académico queda relegado. Cuando el uso de la plataforma disminuye, la respuesta no es educativa, sino comercial. La desconexión no se interpreta como un problema de aprendizaje, sino como una oportunidad de monetización adicional.
La situación se vuelve más crítica al momento de intentar hacer válida la llamada garantía de aprendizaje. Ante la solicitud de una extensión limitada del acceso —con el objetivo de retomar el curso en un contexto laboral más estable— la respuesta es uniforme: cualquier ampliación requiere un pago adicional. No existe revisión del historial académico, no hay evaluación del avance ni una propuesta alineada con el discurso educativo utilizado para vender el servicio. Los intentos de escalar el caso o contactar instancias directivas tampoco obtienen respuesta.
Desde una perspectiva de negocios, este enfoque resulta problemático. Las empresas no pagan únicamente por una plataforma tecnológica; invierten en resultados, impacto y retorno de inversión. Un modelo que deja solo al usuario cuando enfrenta dificultades reales y refuerza exclusivamente la presión comercial termina erosionando la confianza y, con ella, la reputación de la marca.
El aprendizaje, sin duda, exige compromiso individual. Nadie adquiere un idioma sin disciplina. Pero en la capacitación corporativa la responsabilidad es compartida. Las plataformas que aspiran a consolidarse como aliadas estratégicas del desarrollo de talento deben equilibrar ventas con pedagogía, tecnología con acompañamiento y crecimiento con ética. Cuando ese balance se rompe, la experiencia deja de ser formativa y se convierte en una simple suscripción de consumo.
Para empresas y profesionales que evalúan opciones de capacitación en idiomas, la recomendación es clara: analizar con detenimiento los mecanismos de seguimiento académico, preguntar qué ocurre cuando el usuario deja de conectarse y verificar si la garantía de aprendizaje es una herramienta real o solo un argumento comercial. En un entorno donde la formación es clave para la competitividad, confundir educación con venta recurrente es un riesgo que ninguna organización debería asumir a la ligera.




Deja un comentario