El país de la simulación educativa

Por Jorge Arturo Castillo | La reciente polémica por el intento de adelantar el cierre del ciclo escolar exhibió algo mucho más profundo que una simple mala decisión administrativa. Lo verdaderamente preocupante fue comprobar la naturalidad con la que México sigue tratando uno de sus mayores problemas estructurales: el deterioro educativo.

La reacción social fue inmediata. Padres de familia, especialistas y buena parte de la opinión pública cuestionaron la posibilidad de reducir semanas efectivas de clase bajo argumentos relacionados con las olas de calor y, de manera indirecta, con el Mundial de Futbol. El gobierno terminó reculando. Sin embargo, el episodio dejó algo muy claro: en México parece haberse normalizado la idea de que la educación puede ajustarse, recortarse o improvisarse sin mayores consecuencias.

El problema no comenzó ahora. Lleva décadas incubándose dentro del sistema educativo nacional bajo una lógica profundamente mexicana: la simulación.

Durante años, el país amplió formalmente calendarios escolares para acercarse a estándares internacionales y cumplir con parámetros de organismos como la OCDE. Sobre el papel, aquello parecía modernización educativa. Más días de clase debían traducirse en mejores aprendizajes, mayor preparación y mejores oportunidades de desarrollo.

La realidad terminó siendo mucho más incómoda.

En miles de escuelas públicas, muchos de esos días adicionales se transformaron en tiempo muerto. Calificaciones cerradas con anticipación, ausentismo tolerado, actividades recreativas improvisadas y semanas enteras donde el aprendizaje efectivo prácticamente desaparece. El sistema aparenta funcionar, aunque los resultados educativos continúen deteriorándose.

Y quizá esa sea la palabra más precisa para describir buena parte del modelo educativo mexicano contemporáneo: simulación.

Se simula calidad educativa mediante reformas sexenales. Se simula modernización con nuevos modelos pedagógicos. Se simula exigencia académica mientras los niveles de comprensión lectora, matemáticas y razonamiento crítico continúan rezagados frente al resto del mundo.

Mientras tanto, países como Corea del Sur entendieron hace décadas que el verdadero petróleo del siglo XXI no está bajo tierra, sino en el capital humano. Apostaron agresivamente por educación, ciencia, tecnología e innovación. Hoy exportan conocimiento, patentes y desarrollo tecnológico. México, en cambio, continúa atrapado entre burocracia, improvisación y decisiones de corto plazo.

Lo digo también desde la experiencia personal. Soy producto de la educación pública mexicana. Estudié desde el jardín de niños hasta la maestría en instituciones públicas y llevo más de tres décadas dando clases universitarias. He conocido maestros extraordinarios y enormes esfuerzos individuales dentro del sistema, pero también he visto cómo la pérdida gradual de disciplina, continuidad académica y exigencia terminó normalizándose en muchos espacios educativos.

Hace algunos años incluso me tocó impartir clases en secundaria pública. En ocasiones era prácticamente imposible avanzar en contenidos. Interrupciones permanentes, desorden cotidiano y una estructura institucional incapaz de proteger mínimamente el proceso educativo. Y eso ocurría en una escuela con infraestructura relativamente favorable.

El problema de fondo no es únicamente pedagógico. También es económico y estratégico.

Ningún país construye competitividad reduciendo tiempo efectivo de aprendizaje mientras el resto del mundo acelera hacia la inteligencia artificial, la automatización y la economía del conocimiento. Si las escuelas enfrentan problemas de infraestructura ante temperaturas extremas, entonces el debate debería centrarse en ventilación, mantenimiento, agua, electricidad y condiciones dignas para aprender, no en recortar clases.

Más preocupante aún fue observar cómo algunas voces oficiales interpretaron las críticas como ataques políticos. Cuestionar decisiones públicas relacionadas con millones de horas de aprendizaje no es conspiración. Es sentido común.

Quizá lo más delicado sea que la educación dejó de asumirse como prioridad estratégica nacional. Y cuando eso ocurre, el deterioro no siempre se percibe de inmediato.

Se percibe años después, cuando un país entero descubre que perdió la carrera del futuro sin siquiera haberse dado cuenta.

Portafolios

  • Mientras México discute cómo reducir semanas efectivas de clase, el mundo acelera hacia la inteligencia artificial, la automatización y la economía del conocimiento. Luego nos preguntamos por qué Corea exporta tecnología y nosotros seguimos exportando mano de obra barata.
  • Porque el futuro de un país no se decide en los discursos políticos. Se decide, silenciosamente, dentro de las aulas.

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